Dejar de ser yo para ser una caricatura de mí, que de pronto tu presencia haga que tu ausencia duela aún más.
Salir a divertirme y echar la culpa a las hormonas cuando lloro por ti, y sentirme aún más absurda si lloro por otro.
Saber que eres mi brazo fantasma, que ya no funcionaba, pero que aun extirpado duele.
Rogar al tiempo que vaya más rápido, ponerme en sus manos y dejar que haga su labor. Abrir los brazos para dejarte ir aunque por dentro grite tu nombre.
Repetirme mil veces lo malo que eras y sonreír al recordar tus tonterías. Odiarte por no haber cumplido tus promesas aún sabiendo que las promesas de enamorados son siempre las mismas.
Fantasear con el día que vuelvas a quererme y escuchar la vocecilla que dice que eso no va a pasar.
Y volver a ponerme el rímel y los tacones, sacar pecho, meter barriga y jurar que esta vez yo seré quien se coma el mundo.
Ver como el mundo sigue girando y yo con él, aunque dando tumbos.
Buscar culpables donde solo hay dos víctimas y en el fondo comprender que la vida es así, sin más; sin malos ni buenos, sin verdugos ni crucificados.
Que mi pena de ahora es la paz que tu necesitabas, que lo que tú me dabas no era lo que yo quería. Que el hogar cálido que construimos se derrumbó y algunas noches me da miedo dormir al raso.
Buscarte en todos lados y no encontrarte en ningún sitio. Haberme encontrado y sentir miedo a la soledad y a la responsabilidad de mi misma.



